Cómo miedos al agua, a las alturas o a los espacios cerrados suelen estar asociados a vivencias con alta carga de shock no asimiladas en su momento.
La impotencia de la razón: Quien sufre claustrofobia o pánico a conducir sabe perfectamente con la cabeza que no va a morir en un ascensor. Sin embargo, su sistema simpático activa taquicardia, sudoración fría y opresión torácica en milisegundos, anulando cualquier razonamiento lógico.
El shock congelado en los tejidos: Peter Levine y la somática del trauma demostraron que cuando un ser vivo no puede huir ni pelear ante un peligro extremo, se congela. Si la experiencia no se descarga, el cuerpo continúa reviviendo la alarma cada vez que se presenta un estímulo vagamente similar (el agua, la oscuridad o la altura).
Completar la respuesta defensiva: En regresión, el paciente vuelve con seguridad al instante del shock original. Al permitirse respirar, moverse y desahogar el pánico en un entorno protegido, el sistema nervioso concluye el ciclo de defensa y el estímulo deja de provocar la fobia.